¡Fantástico!

Hace algunas semanas, el Telegraph británico informaba de cómo un pedagogo llamado Graeme Whiting -quédense con el nombre- sostenía que leer novelas del estilo de ‘Juego de Tronos’ puede dañar el “débil cerebro subconsciente” de los jóvenes, y que otras obras como ‘El señor de los anillos’ o ‘Harry Potter’ pueden “animar a los niños a tener actitudes difíciles” [sic].

En definitiva: que uno se debe preocupar más si sorprende a su hijo leyendo una novela de fantasía, que si le encuentra una navaja de abanico ensangrentada en el cajón de la mesilla.

No sé a ustedes, pero a mí la frase me suena a censura. A otros tiempos que me gustaría calificar como olvidados pero que cada vez están más presentes, aunque en este caso la censura se ejerza bajo la égida de lo políticamente correcto.

¿No es curioso que todas las novelas mencionadas en el artículo cuestionen de algún modo el poder establecido?

Chesterton escribió que “los cuentos de hadas superan la realidad no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden ser vencidos”. Y la buena literatura fantástica nos enseña, no sólo que no todo lo que es oro reluce, sino que no todos los monstruos se esconden dentro de dragones de fiero aspecto.

Algunos, sin ir más lejos, nos esperan a la vuelta de la portada de nuestro periódico de referencia.

La literatura fantástica es una herramienta vital a la hora de desarrollar el espíritu crítico de los jóvenes. Y esto redunda en unos ciudadanos más libres… aunque puede que eso no siempre nos interese como políticos, padres o educadores, ¿verdad?

Así que ya sabe, señora: deje a su hijo leer novelas de fantasías. O pensándolo bien, mejor no lo haga. No sea que empiece a pensar por sí mismo, y se le termine haciendo difícil de domesticar.

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