Si para la Amanda de Víctor Jara la vida era eterna en cinco minutos, parece que en Bilbao, dados como somos a superar marcas ajenas, se esconde todo un universo en los tres minutos que separan un metro del siguiente en plena hora punta. O al menos, eso es lo que ha debido de pensar la señora que se ha arrojado esta tarde sobre mí, en grácil caída libre, mientras yo trataba de remontar las escaleras del andén.

Y es que tres minutos son muchos minutos. Sobre todo cuando uno tiene cosas importantes que hacer, como liderar la próxima reunión del G8 o descubrir la cura definitiva del cáncer.

John Berger comentaba en uno de sus ensayos que antaño el ritmo del cambio histórico era lo suficientemente lento como para que la conciencia individual del paso del tiempo fuera diferente de la conciencia individual del cambio histórico. Para entendernos: la vida de cada uno (el tiempo) discurría en un entorno relativamente poco cambiante (la historia).

Pero en algún momento hemos debido de romper algo (no sé si también de tanto usarlo, como le sucedió a la ínclita tonadillera) y la historia, o lo que nosotros interpretamos que es historia, ha empezado a pasar más rápido que nuestra propia vida. Desde entonces estamos en una carrera continua por llegar, por estar al día, por ser.

Como decía el grupo Bad Religion de un modo algo más prosaico que John Berger, “no sé si soy yo el que está creando mi prisa, o si es la prisa la que me está creando a mí”.

Sea como sea, si tienes 3 minutos, párate a disfrutar de los tuyos. Si no los tienes, disfruta de otros. Y si no te apetece, disfruta al menos de ti mismo.

Si la historia no va a recordarnos, como me temo, que tampoco nos haga sus esclavos.

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