Muchos conocimos a Jonathan Coe por ‘La lluvia antes de caer‘. En este novela se alejaba de la sátira política que tantos éxitos le había dado, pero el británico no ha sido capaz de alejarse del humor durante mucho más tiempo.

En ‘La espantosa intimidad de Maxwell Sim‘ arremete contra las nuevas tecnologías y esa falta de contacto real con el prójimo a la que tanto y tal fácilmente nos estamos acostumbrando. Todo esto, a través del viaje que hace su protagonista a las islas Westman para llevar un cargamento de cepillos de dientes como parte de una campaña publicitaria impulsada por uno de los pocos amigos de carne y hueso que aún conserva.

Esta es la entrevista que le hice a Jonathan Coe para el número 54 de la revista AUX Magazine y que se publicó bajo el título de ‘¿Hay alguien ahí?‘.

Espero que os guste.

Maxwell Sim es incapaz de comunicarse cara a cara con la gente que le rodea. ¿Crees que la ilusión de comunicación que ofrecen las redes sociales es en parte responsable de que mucha gente sufra esta dificultad?

Probablemente sí. Me he dado cuenta de que cada vez encuentro más excusas para no mantener conversaciones en tiempo real con otra gente. Si tienes que arreglar una cita, por ejemplo, siempre es preferible mandar un mensaje de texto o un correo electrónico porque te evita esos embarazosos momentos de contacto humano que no podrías evitar de otro modo. Aún nos queda un largo camino por recorrer, claro, pero nos estamos desligando poco a poco de la interacción real con el prójimo.

Maxwell Sim sólo se siente cómodo con Emma, la voz de su GPS, y da la sensación de que esa comodidad nace del hecho de que ella jamás lo cuestiona… no parece estar preparado para una relación de verdad con alguien, aunque ésta sea de amistad.

Maxwell necesita a alguien que sea totalmente obediente y que nunca lo cuestione, pero eso sólo demuestra lo mucho que lo asusta el tener una relación de verdad con alguien porque las relaciones en la vida real están llenas de conflictos y de retos que superar.

Lo títulos de los cuatro relatos intercalados en la novela son bastante reveladores: agua, tierra, fuego, aire. Da la sensación de que estás intentando recuperar los aspectos más tangibles de la vida a través del viaje en el que hacer partir a Maxwell, ¿no es así?

En el momento en que comienza el viaje de Maxwell Sim él lleva ya demasiado tiempo viviendo en un mundo virtual, y sentí la necesidad de volver a hacerle conectar con las cosas más elementales. Tuve la suerte de que me pidieran contribuir a un proyecto colaborativo sobre los cuatro elementos justo en la época en la que estaba trabajando en este aspecto de la novela. No puedo decir que este proyecto me diera exactamente la idea de incluir estos cuatro relatos, pero sí que me ayudo a que todo lo que llevaba tiempo circulando por mi imaginación terminara de tomar cuerpo.

El hecho de que Max pase tanto tiempo en su coche lo emparenta con ese hombre de la calle que vive en los suburbios de una gran capital y trabaja cada vez más lejos de su casa. ¿Era esa tu intención?

Llevo mucho tiempo queriendo escribir una novela que explore la gran paradoja del coche: es un vehículo que se supone que tiene que ofrecernos la forma más eficiente de conectarnos los unos con los otros, pero al mismo tiempo puede también hacernos sentir más aislados que nunca. Me interesa el modo en el que el coche se comporta como un universo que se contiene a sí mimo: un universo hacia el que el conductor se puede sentir tremendamente protector. Cuando estás conduciendo, un ataque contra tu coche es como si fuera un ataque contra tu propia alma. El coche conforma un espacio de gran intimidad, y es esto lo que hace que la relación entre Max y la voz de su GPS termine siendo tan cercana.

En tu novela hablas de varias marcas que han terminado formando parte de nuestra cultura común. Me ha parecido algo curioso, pero me ha sorprendido aún más el que no me haya resultado para nada chocante. Supongo que nuestra vida está regulada de algún modo por estas marcas…

Me ha sorprendido la cantidad de lectores que se me han quejado de las referencias a Starbucks, Facebook, etc. que hay en la novela. Me parece que éstas y otras marcas son las que configuran ahora mismo el horizonte de nuestro consumo y, siendo ése mismo horizonte lo que la novela pretende describir, no he tenido más remedio que utilizar sus nombres. Si esto implica que futuras ediciones de la novela tengan que ir acompañadas de algunas notas aclaratorias a pie de página, que así sea. Pero personalmente creo que habrá más gente tomándose un café en un Starbucks dentro de 50 años que leyendo ‘La espantosa intimidad de Maxwell Sim’.


La figura de Donald Crowhurst me ha parecido muy atractiva. Ese aventurero que trata de utilizar la tecnología para mentir sobre su intento de dar la vuelta al mundo en solitario hasta llegar al extremo de la locura. Al principio pensé que sería una invención tuya, pero lograste que me picara la curiosidad lo suficiente como para investigar un poco sobre él a través de Internet y comprobar su existencia.

Cuando aparezco en el último capitulo de la novela, explico el modo en el que entré en contacto con la figura de Donald Crowhurst: Laura Cumming, crítica de arte del Observer y buena amiga mía, me hizo llegar un ejemplar del libro ‘El extraño último viaje de Donald Crowhurst’ de Nicolas Tomalin y Ron Half. Ella me recomendó el libro como obra literaria, y es cierto que es una obra maestra, pero lo que más me interesó de él es el paralelismo que vi entre la historia de Crowhurst y la de Maxwell Sim. Trataban los mismos temas de la soledad, las tecnologías y la comunicación, y la búsqueda de la propia identidad. La principal diferencia entre las dos historias viene dada por el modo en el que ha cambiado la tecnología en los últimos 40 años. Ahora mismo puedes navegar todo alrededor del mundo sin perder tu conexión a Internet en ningún momento.

La diferente escala de los viajes de Crowhurst y Maxwell Sim produce un efecto realmente cómico en tu obra.

Esa combinación se da en todas mis novelas de un modo u otro. Tengo un carácter melancólico y suelo intentar escribir de tipos con un carácter similar al mío. Utilizo el humor para entretener al lector, pero también porque tengo la sensación de que si perdiera ese sentido del humor mis sentimientos de tristeza y consternación para con el mundo me superarían y terminarían por poder conmigo. ‘Maxwell Sim’ es una comedia sobre la depresión no demasiado diference en última instancia a ‘What a Carve Up!’, uno de mis anteriores trabajos. Pero uno de los componentes de la depresión es la inercia, y si dejas que esa inercia se apodere de tu narrativa puedes perder a todos tus lectores.

Disfruté mucho con el último capítulo de la novela: un pasaje metaficcional cuya naturaleza no creo que debamos desvelar aquí, pero que hará las delicias de todos los aficionados a estos juegos entre la ficción y la realidad.

La idea de ese último capítulo me vino cuando llevaba escritos unos dos tercios del libro y pronto se convirtió en una necesidad. Me encanta leer los juegos literarios creador por autores como Sterne, Flann O’Brien o BS Johnson, así que pensé que a mis lectores también podrían interesarles. Así todo, el final ha provocado algunas reacciones un tanto extremas. Muchos lectores han declarado sentirse “traicionados” por este final, pero la idea que se esconde detrás de ese último capítulo es muy simple: si es cierto, como postula la novela, que las relaciones reales son más valiosas que las virtuales, ¿cómo podemos aplicar esta tesis a las relaciones que crean tanto los autores como los lectores con los personajes de las novelas que escriben y leen? Éstas también son unas relaciones virtuales y, a pesar de ello, seguimos considerando la literatura como algo valioso en lo que merece la pena gastar el tiempo de uno, al contrario de lo que pensamos sobre jugar videojuegos o pasar el tiempo en Facebook. Sólo he querido plantear esta cuestión de un modo divertido y, espero, entretenido.

Entrevista Jonathan Coe: ‘La espantosa intimidad de Maxwell Sim’

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