Viernes negro

Escribo esta columna el día anterior al Black Friday. Ese Viernes Negro hiperconsumista que hemos importado de los Estados Unidos como tantas otras cosas (no todas buenas, no todas malas) y que supone desde hace algunos años el pistoletazo de salida de la campaña navideña, desbancando a actos tan tradicionales como el encendido del alumbrado público que engalana nuestras calles en esas fechas.

Pero en fin, espero poder adelantar a mañana algunas de las compras navideñas. Porque luego, una vez escondidos bien todos esos regalos, habrá que pensar en las cenas familiares. ¿Cuántos vamos a reunirnos en esta ocasión? ¿Dónde? ¿Quién cocina? Porque supongo que comprar platos precocinados no es una opción válida, ¿verdad? Recordadme que coja algunos folletos cuando pase por algún comercio de ese tipo, por si acaso.

Lo malo vendrá luego. En esa cuesta de enero que estrenaremos todos con kilos de más y euros de menos. Pero espero que esa cuesta también sea amable conmigo. Al menos las siempre bienvenidas rebajas me darán la oportunidad de ahorrar algo (ahorrar algo comprando, se entiende, ahorrar gastando) antes de que llegue San Valentín.

Porque pasada esa fecha tendré que empezar a pensar en la Semana Santa o en la Pascua (que ahora hay ambas cosas, sobre todo desde la irrupción de Clan en nuestras televisiones familiares). En las monas y en los huevos de chocolate. Y, sobre todo, en si con el remanente que nos ha dejado nuestra cita anual con el Amoroso Patrón nos llega para hacer una escapadita corta a alguna capital europea.

Dejo para la vuelta el empezar a escanear precios de aviones de cara al verano. Los expertos dicen que la mejor fecha para reservar un vuelo es siete semanas antes de su despegue, así que más te vale ponerte las pilas si quieres viajar en agosto a Kuala Lumpur o Honolulu, porque luego las vacaciones pasan enseguida.

Ya casi siento cernirse sobre mí la temida depresión postvacacional. Qué corto se me está haciendo este 2017.

Columna publicada originalmente en el periódico Santutxu y +

¡Fantástico!

Hace algunas semanas, el Telegraph británico informaba de cómo un pedagogo llamado Graeme Whiting -quédense con el nombre- sostenía que leer novelas del estilo de ‘Juego de Tronos’ puede dañar el “débil cerebro subconsciente” de los jóvenes, y que otras obras como ‘El señor de los anillos’ o ‘Harry Potter’ pueden “animar a los niños a tener actitudes difíciles” [sic].

En definitiva: que uno se debe preocupar más si sorprende a su hijo leyendo una novela de fantasía, que si le encuentra una navaja de abanico ensangrentada en el cajón de la mesilla.

No sé a ustedes, pero a mí la frase me suena a censura. A otros tiempos que me gustaría calificar como olvidados pero que cada vez están más presentes, aunque en este caso la censura se ejerza bajo la égida de lo políticamente correcto.

¿No es curioso que todas las novelas mencionadas en el artículo cuestionen de algún modo el poder establecido?

Chesterton escribió que “los cuentos de hadas superan la realidad no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden ser vencidos”. Y la buena literatura fantástica nos enseña, no sólo que no todo lo que es oro reluce, sino que no todos los monstruos se esconden dentro de dragones de fiero aspecto.

Algunos, sin ir más lejos, nos esperan a la vuelta de la portada de nuestro periódico de referencia.

La literatura fantástica es una herramienta vital a la hora de desarrollar el espíritu crítico de los jóvenes. Y esto redunda en unos ciudadanos más libres… aunque puede que eso no siempre nos interese como políticos, padres o educadores, ¿verdad?

Así que ya sabe, señora: deje a su hijo leer novelas de fantasías. O pensándolo bien, mejor no lo haga. No sea que empiece a pensar por sí mismo, y se le termine haciendo difícil de domesticar.

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3 minutos

Si para la Amanda de Víctor Jara la vida era eterna en cinco minutos, parece que en Bilbao, dados como somos a superar marcas ajenas, se esconde todo un universo en los tres minutos que separan un metro del siguiente en plena hora punta. O al menos, eso es lo que ha debido de pensar la señora que se ha arrojado esta tarde sobre mí, en grácil caída libre, mientras yo trataba de remontar las escaleras del andén.

Y es que tres minutos son muchos minutos. Sobre todo cuando uno tiene cosas importantes que hacer, como liderar la próxima reunión del G8 o descubrir la cura definitiva del cáncer.

John Berger comentaba en uno de sus ensayos que antaño el ritmo del cambio histórico era lo suficientemente lento como para que la conciencia individual del paso del tiempo fuera diferente de la conciencia individual del cambio histórico. Para entendernos: la vida de cada uno (el tiempo) discurría en un entorno relativamente poco cambiante (la historia).

Pero en algún momento hemos debido de romper algo (no sé si también de tanto usarlo, como le sucedió a la ínclita tonadillera) y la historia, o lo que nosotros interpretamos que es historia, ha empezado a pasar más rápido que nuestra propia vida. Desde entonces estamos en una carrera continua por llegar, por estar al día, por ser.

Como decía el grupo Bad Religion de un modo algo más prosaico que John Berger, “no sé si soy yo el que está creando mi prisa, o si es la prisa la que me está creando a mí”.

Sea como sea, si tienes 3 minutos, párate a disfrutar de los tuyos. Si no los tienes, disfruta de otros. Y si no te apetece, disfruta al menos de ti mismo.

Si la historia no va a recordarnos, como me temo, que tampoco nos haga sus esclavos.

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Un año sin Terry Pratchett

Esta entrada tenía que haberla publicado hace un mes. En vez del 12 de abril, el 12 de marzo. Pero el día se me pasó sin subir nada a este blog… seguramente por un pudor mal entendido.

Pocos días después, me surgió la oportunidad de colaborar con una columna mensual en el periódico ‘Santutxu y +‘. Y ahí sí, decidí aprovechar para hablar del gran Terry Pratchett y de cómo, un año después, todo un ejército de lectores seguíamos echando de menos al hombre del sombrero.

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¿Por qué antes no me atreví a publicar un texto de este estilo y ahora sí?

Creo que el factor público ha sido algo vital.

Si lo hubiera publicado el 12 de marzo para compartirlo a través de Twitter, lo hubiera leído otra gente como yo; otros lectores que conocen de arriba abajo la obra de Pratchett.

Pero desde ‘Santutxu y +‘ me ofrecían llegar a un público diferente. Me daban la oportunidad de hablar de Terry Pratchett a una gente que entiende la ciencia ficción como un terreno reservado a los jóvenes sin vida social, la fantasía como un género destinado solo a niños y el humor como el feudo de los irresponsables.

Así que no pude evitar la tentación de aprovechar mi columna para conmemorar el aniversario de la partida de Terry Pratchett… aunque fuera un mes más tarde.

Aquí la tenéis:

A vuelapluma abril 2016