La tienda del señor Li

Sobre el libro

Dos letradictos que se chutan citas literarias en un polígono industrial de Ciudad Capital. Unas galletitas de la suerte que dicen siempre la verdad. Un anciano que esconde un aterrador secreto. Un archimandrita ortodoxo con una misión que no está dispuesto a abandonar.

Éstas son sólo cuatro de las historias que se entrecruzan en La tienda del Señor Li, una surrealista road movie urbanita que mezcla humor y locura a partes iguales.

Pero, por encima de todo eso, La tienda del Señor Li es un homenaje a la palabra escrita. Una historia que habla de cómo la palabra correcta puede cambiarnos la vida, y de cómo la palabra equivocada también puede hacerlo.

Detalles
Autor:
Géneros: Humor, Humor fantástico
Etiquetas: Adultos, Castellano, Edad, Idiomas
Editorial: Ediciones el Transbordador
Año de publicación: 2016
Formato: Novela corta
Valoración:

Precio en papel: 4,20€
Precio electrónico: 0,75€
¿Qué dicen de él?
Una locura IMPRESCINDIBLE
El estilo de Abel Amutxategi me ha gustado mucho. La tienda del Señor Li es una novela muy gamberra, de historias cruzadas, de vidas que convergen en un lugar y un momento concretos. La diversidad de los puntos de vista, el humor y el surrealismo de algunos momentos provocan que la lectura sea muy ágil, entretenida y divertida. Creo que la escritura ha tenido que ser difícil, la estructura está muy bien pensada, y tiene mérito cómo todas las piezas encajan al final.

Letradictos (concepto muy interesante) que se convierten en chefs, ancianos que se rebelan contra sus cuidadores, un viejito chino misterioso, un archimandrita ortodoxo con aficiones sangrientas... estos son algunos de los personajes de esta bizarra historia.

Abel Amutxategi crea una historia muy recomendable, una extraña mezcla, como si el Eduardo Mendoza más gambero escribiera el guión de una película de Dany Boyle.
Si escribir un libro que consiga que sonrías es complicado, escribir uno que además de hacerte soltar un par de carcajadas, te haga levantar varias veces las cejas asombrado por el impecable estilo de su autor, es algo que rara vez se ve.
¡Que alguien llame a emergencias!

Que los ancianos han huido del asilo para liarla parda y no hay quien los pare.

¡Que alguien llame a una ambulancia!

Que si estáis comiendo en un restaurante chino, nunca, bajo ningún concepto, pidáis las «Gambas a la Shan».

¡Que alguien llame al FBI! ¡O mejor a la DEA!

Que si los lectores se han convertido en yonkis, entonces los señores de El Transbordador son los camellos; y Don Abel, el artífice de este relato, es el químico loco que te dejará alucinado y con la risa floja.

Esta mierda es buena, hermano.
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